Así que, hermano,
aquí donde te encuentro es.
Aquí a donde llegan las noches más oscuras
y las tardes se mueren, una sobre otra
y queda sólo el vapor de los gritos.
Es aquí el contrapunto
de tu deriva eterna, de tu lucha,
de tu forma de amar la vida.
Es aquí donde la sangre se filtra
franquea la dureza de las piedras
hasta las raíces de estos árboles
testigos que no han callado
desde aquella tarde
y que estuvieron contigo
hasta lo último
cuando todo vino abajo
y conocimos viejamente
el dolor y la vergüenza
de vernos humillados,
indefensos, desangrados.
Cuando a la porquería se le llamó justicia
cuando este suelo retumbó de miedo
cuando esa luna lloró dormida
cuando el silencio se hizo adulto
y ni una ave se tentó con tu cuerpo.
Este sitio guarda aquéllos temblores,
en cada una de sus pesadas baldosas
no el de mi rabia, o el de la historia
sino de aquél denominado orden
degenerado orden, absurdo, tiránico
y esa lastimera orden del empoderado.
Aquí se respira dolor, tristeza
y se guarda en silencio la muerte
en las piedras erigidas por los de antes
y de aquellos violadores.
Ahora ni la sombra tiene
un centímetro más para extenderse
todo lo ocupa el dolor y el recuerdo
el sonido imperioso del progreso
No fulmina los pasos presurosos
y el viento no es capaz de cargar consigo
una lágrima, tan sólo una, que se ancle
aquí donde tú yaces, junto al recuerdo
junto a la infamia, junto a mí,
junto a la palabra Tlatelolco.
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